Lo que tienes que saber

  • Hay algo incómodo en reconocer que, en ciertas circunstancias, enterarnos de que a otra persona le fue mal puede producirnos una pequeña satisfacción, sobre todo si esa persona nos caía mal, presumía demasiado, nos hizo daño o parecía tener una vida insultantemente perfecta, y esto no necesariamente significa que seas una pésima persona.
  • Tú conoces tus deudas, inseguridades, discusiones y domingos en pijama comiendo cualquier cosa que se te atraviesa por ahí, pero del otro ves la promoción, el viaje y la fotografía donde todos parecen inexplicablemente felices, perfectos y plenos a las siete de la mañana…hasta que algo sale mal, y entonces aparece una sensación que jamás pondríamos en una taza motivacional barata.
  • Porque quizá la desgracia de esa persona no nos alegra únicamente por lo que le ocurrió a ella, sino que maybe nos tranquiliza por lo que significa para nosotros.
  • ¿Oye, Maribel, te acuerdas de fulanito?
  • Sí, ¿por?
  • ¿Pues qué crees, mana? resulta que lo corrieron, ¿tú crees?

Y entonces ocurre algo en verdad fascinante. Tu rostro intenta mantener una expresión humanitaria y solidaria mientras una pequeña parte de tu cerebro pregunta: “¿En serio? ¿Y por qué? Por supuesto que me preocupa…pero cuéntame todo y no tengas miedo de exagerar”.

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Hay algo incómodo en reconocer que, en ciertas circunstancias, enterarnos de que a otra persona le fue mal puede producirnos una pequeña satisfacción, sobre todo si esa persona nos caía mal, presumía demasiado, nos hizo daño o parecía tener una vida insultantemente perfecta, y esto no necesariamente significa que seas una pésima persona.

La psicología tiene incluso una palabra para describir este fenómeno: schadenfreude, término alemán utilizado para referirse al placer que podemos experimentar ante la desgracia ajena.

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Investigaciones como las de Ouwerkerk, van Dijk, van Koningsbruggen y Wesseling (2011) han encontrado que la autoestima y la comparación con otras personas pueden influir en este tipo de respuesta. Dicho de manera menos elegante: a veces la caída del otro nos hace sentir un poquito mejor con nuestra propia posición…porque, para sorpresa de nadie, vivimos comparándonos, ¿qué raro, no?

Quién gana más. Quién tiene mejor trabajo. Quién viaja. Quién se casó. Quién bajó de peso. Quién compró casa. Quién parece tener la familia perfecta. Y las redes sociales convirtieron esa comparación en deporte olímpico. El problema es que generalmente comparamos nuestra vida completa con el aparador de los demás, ¿ajá?

Tú conoces tus deudas, inseguridades, discusiones y domingos en pijama comiendo cualquier cosa que se te atraviesa por ahí, pero del otro ves la promoción, el viaje y la fotografía donde todos parecen inexplicablemente felices, perfectos y plenos a las siete de la mañana…hasta que algo sale mal, y entonces aparece una sensación que jamás pondríamos en una taza motivacional barata:

“Ah… entonces no era tan perfecta su vida”.

Y, la verdad, curiosamente, respiramos un poquito, incluso con alivio. También puede intervenir nuestra idea de justicia, ya que si alguien que considerábamos arrogante, abusivo o deshonesto recibe una consecuencia negativa, podemos sentir que “se lo merecía”, y ya no parece simple desgracia: nuestro cerebro la convierte en una especie de equilibrio universal, de karma, de justicia divina o como le quieras llamar. El clásico “yo no le deseo mal a nadie, pero…”.

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Cuando aparece el “pero”, prepárense, manitos. Por supuesto, sentir fugazmente cierta satisfacción no es lo mismo que provocar el sufrimiento de alguien, celebrarlo públicamente o disfrutar de una tragedia grave, no, no. Las emociones humanas pueden ser contradictorias y no todas las reacciones que aparecen automáticamente representan nuestros valores. Aquí lo interesante es preguntarnos por qué determinadas caídas nos producen tanto interés. Porque quizá la desgracia de esa persona no nos alegra únicamente por lo que le ocurrió a ella, sino que maybe nos tranquiliza por lo que significa para nosotros:

Que no estamos tan atrás. Que su vida tampoco era perfecta. Que aquella persona que parecía tenerlo todo también pierde, fracasa, se equivoca y atraviesa problemas…y entonces la comparación se vuelve momentáneamente menos dolorosa.

Así que la próxima vez que alguien te diga “¿ya supiste lo que le pasó a Maripili?” y misteriosamente tengas cinco minutos libres para escuchar una historia que hace treinta segundos no sabías que necesitabas conocer, observa tu reacción, quizá sea preocupación genuina, quizá curiosidad…o quizá apareció esa pequeña y vergonzosa satisfacción humana de descubrir que al vecino también se le quema el arroz.

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Y sorpresa Maricarmen: no hace falta castigarte por sentirla…pero sí podría valer la pena preguntarte algo:

¿Me alegra que a esa persona le vaya mal o me alivia comprobar que no le va mejor que a mí?

Porque quizá el verdadero chisme nunca fue su desgracia, era la comparación, ¿cómo la ves, chiquis?

Por: Psic. Miguel Negrete Gil.
IG/FB: @psic.miguelnegrete

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