Lo que tienes que saber
- El problema es que el cerebro no siempre entiende este maravilloso plan administrativo, porque fíjate que mientras tú dices que solamente estás siendo “realista”, tu cuerpo puede llevar días reaccionando ante una tragedia que todavía no ocurre.
- De hecho, preocuparte constantemente puede hacer que algo que está bien deje de sentirse bien, porque ya no estás disfrutando la cena porque piensas en lo que podría pasar mañana, no celebras el logro porque temes perderlo y no disfrutas a alguien porque ya estás imaginando cómo sería vivir sin esa persona.
- Y por eso, quizá conviene hacernos una pregunta sencilla cuando nuestra cabeza comienza a producir la siguiente temporada de “Todo va a salir terriblemente mal”.
“Yo prefiero pensar que va a salir mal para no decepcionarme”.
O sea…sí, parece una estrategia bastante inteligente. Si esperas lo peor, nada puede tomarte por sorpresa. Si la relación termina, ya estabas preparado. Si no te dan el trabajo, ya lo habías contemplado. Si el estudio médico sale mal, al menos “no te agarró desprevenido”. Y si algo bueno ocurre, pues qué agradable sorpresa.
El problema es que el cerebro no siempre entiende este maravilloso plan administrativo, porque fíjate que mientras tú dices que solamente estás siendo “realista”, tu cuerpo puede llevar días reaccionando ante una tragedia que todavía no ocurre.
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Un mensaje que tarda en llegar se convierte en “seguramente pasó algo”. Una reunión con el jefe se transforma en “me van a despedir”. Un dolor cualquiera empieza con una búsqueda inocente en internet y veinte minutos después ya estás mentalmente repartiendo tus pertenencias.
Y entonces aparece una de las frases favoritas de la ansiedad: “Pero podría pasar”, y claro que podría, pero ¿qué crees chiquis? También podría no pasar.
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Desde la terapia cognitivo-conductual, Beck (1985) describió cómo ciertos patrones de pensamiento pueden llevarnos a anticipar resultados negativos y tratarlos como altamente probables, aun cuando no tenemos evidencia suficiente para asegurarlo. A esto solemos llamarlo catastrofización: no solamente considerar que algo malo podría ocurrir, sino comenzar a vivir emocionalmente como si ya estuviera ocurriendo.
Y aquí viene lo incómodo: preocuparte antes no necesariamente te protege después.
Si algo malo sucede, probablemente tendrás que enfrentarlo de todas formas. Pero si no sucede, habrás pagado emocionalmente por un problema que nunca existió. A veces incluso lo hacemos con las cosas buenas.
Chécate nomás: empiezas una relación que te gusta y piensas: “seguramente esto no va a durar”. Consigues una oportunidad laboral y en lugar de disfrutarla empiezas a preguntarte cuándo descubrirán que no eres suficientemente bueno. Todo está tranquilo en casa y aparece el sospechoso pensamiento: “demasiado tranquilo está esto”. Como si disfrutar demasiado pudiera provocar una desgracia.
Por supuesto, anticipar riesgos es necesario. Ahorramos dinero, usamos cinturón de seguridad, hacemos revisiones médicas y tenemos planes alternativos precisamente porque sabemos que las cosas pueden complicarse.
Eso es prevención, ¿ajá? Pero otra cosa es ensayar mentalmente todas las desgracias posibles con la esperanza de que sufrirlas anticipadamente nos vuelva inmunes. Y eso no funciona así, bebé.
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De hecho, preocuparte constantemente puede hacer que algo que está bien deje de sentirse bien, porque ya no estás disfrutando la cena porque piensas en lo que podría pasar mañana, no celebras el logro porque temes perderlo y no disfrutas a alguien porque ya estás imaginando cómo sería vivir sin esa persona. Y así, tratando de protegerte de perder algo, empiezas a perderlo antes de tiempo. Y por eso, quizá conviene hacernos una pregunta sencilla cuando nuestra cabeza comienza a producir la siguiente temporada de “Todo va a salir terriblemente mal”:
¿Tengo un problema que resolver o una posibilidad que estoy intentando controlar?
Si existe un problema real, actúa. Haz la llamada, ve al médico, pregunta, organiza, decide, busca ayuda. Pero si lo único que existe es la posibilidad de que algo ocurra, quizá la tarea sea diferente: tolerar no saber. Porque vivir implica incertidumbre. No existe relación, trabajo, proyecto, decisión ni etapa de la vida que venga acompañada de una garantía.
Y sí, algo puede salir mal. Pero adivina: también puede salir bien.
Lo curioso es que muchas veces decimos que imaginamos lo peor “para estar preparados”, cuando en realidad estamos intentando conseguir algo imposible: sentir certeza sobre el futuro.
Así que quizá no necesitas prepararte emocionalmente para todas las tragedias que podrían ocurrir. Quizá y sólo quizá necesitas aprender a estar donde las cosas todavía están bien.
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Y es que lamento (poquito) decirte que preocuparte hoy no evita necesariamente el dolor de mañana. Pero sí puede quitarte, con extraordinaria eficacia, la tranquilidad de hoy, ¿cómo la ves, bebé?
Por: Psic. Miguel Negrete Gil.
IG/FB: @psic.miguelnegrete
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