Lo que tienes que saber
- Quieres dormir mejor, dejar de tomar refresco, dejar de fumar, poner límites, empezar la tesis, dejar de engancharte con ciertas personas, organizar tu vida o simplemente dejar de repetir esa conducta que sabes perfectamente que no te hace bien.
- Porque aquí está la parte que no suele aparecer en las frases motivacionales de Instagram o de Mr.
- ” Porque quizá no te falta fuerza de voluntad, quizá llevas demasiado tiempo negociando con la parte de ti que prefiere cinco minutos de alivio, aunque después tenga que pagar la factura completa.
“Ya quiero cambiar”. Lo dices con absoluta convicción. Quieres dormir mejor, dejar de tomar refresco, dejar de fumar, poner límites, empezar la tesis, dejar de engancharte con ciertas personas, organizar tu vida o simplemente dejar de repetir esa conducta que sabes perfectamente que no te hace bien.
Y, sin embargo, llega el momento de hacerlo y aparece una pequeña maravilla de la mente humana: el famoso “sí…pero mañana ahora sí empiezo”.
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Mañana haces ejercicio. Mañana pones límites. Mañana dejas de revisar el celular. Mañana buscas trabajo. Mañana terminas eso que llevas seis meses posponiendo. Porque cambiar en teoría es maravilloso. El problema es que cambiar en la práctica implica incomodarse y te vuelves “el hombre del mañana”.
Y como dirían en mi pueblo: ahí es donde la puerca tuerce el rabo.
Desde la psicología cognitivo-conductual sabemos que muchas conductas se mantienen porque, aunque tengan consecuencias negativas a largo plazo, producen algún beneficio inmediato. Esto puede entenderse a través del concepto de “reforzamiento negativo”: una conducta aumenta porque permite reducir temporalmente algo desagradable, como ansiedad, miedo, culpa o incomodidad, como afirma Skinner, (1953).
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Por eso procrastinar puede sentirse tan bien aunque sea apenas durante unos cuantos minutitos. No haces aquello que te preocupa y, de inmediato, baja la tensión. Problema resuelto, ¿verdad? Bueno, no. El problema sigue ahí, pero tu cerebro acaba de aprender algo muy interesante: “cuando esto me incomode, escápate”. Y así se construyen muchos círculos viciosos.
No pones límites porque temes que alguien se moleste, entonces evitas la conversación y sientes alivio. Tu cerebro aprende que evitar funciona, entonces la próxima vez, vuelves a evitar. Y luego todavía tienes el atrevimiento de preguntarte por qué sigues rodeado de situaciones que te molestan.
No empiezas ese proyecto porque temes hacerlo mal. Lo pospones y sientes alivio. Después llega la culpa, aumenta la ansiedad y vuelves a posponer. Y mientras tanto dices: “es que necesito motivarme”.
A veces no necesitas más motivación. Necesitas aprender a tolerar la incomodidad de hacer algo aunque no tengas ganas. Porque aquí está la parte que no suele aparecer en las frases motivacionales de Instagram o de Mr. Wonderful: cambiar no siempre se siente bien mientras está ocurriendo.
Puede sentirse incómodo. Puede darte miedo. Puede hacerte dudar. Incluso puede hacerte extrañar aquello que estabas intentando dejar atrás. Y eso no significa que estés tomando una mala decisión, significa que estás haciendo algo diferente.
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El problema es que confundimos comodidad con bienestar. Si algo nos resulta conocido, nuestro cerebro puede preferirlo simplemente porque ya sabe cómo manejarlo, aunque ese patrón nos esté haciendo daño. Lo conocido tiene una ventaja tramposa: no requiere aprendizaje. Por eso puedes quejarte durante años de una situación y, cuando finalmente tienes la oportunidad de cambiarla, sentir miedo. Porque no solo estás dejando algo que no te gusta. También estás entrando en territorio desconocido, ñaca ñaca…
Entonces quizá la pregunta no sea “¿por qué no puedo cambiar?”. Tal vez sea: “¿qué incomodidad estoy evitando cada vez que digo que mañana empiezo?” Porque quizá no te falta fuerza de voluntad, quizá llevas demasiado tiempo negociando con la parte de ti que prefiere cinco minutos de alivio, aunque después tenga que pagar la factura completa. Y sí, cambiar cuesta.
Pero también cuesta muchísimo seguir exactamente igual y esperar que algún día, por alguna misteriosa intervención divina de esas todas fantasiosas y mágicas, las cosas comiencen a funcionar diferente.
Spoiler psicológico: normalmente eso no pasa, bebé de luz.
A veces el primer paso no es sentirte listo. Es hacer eso que sabes que necesitas hacer mientras todavía te da un poquito/mucho/demasiado de miedo.
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Porque quizá no necesitas esperar a tener ganas de cambiar. Quizá necesitas empezar a cambiar para que algún día te den ganas de seguir.
Por: Psic. Miguel Negrete Gil.
IG/FB: @psic.miguelnegrete
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