Lo que tienes que saber
- Ahí es donde entra algo que en psicología se conoce como “evitación experiencial”, un concepto trabajado por Hayes et al (1996) que suena complicado, pero en realidad es bastante simple.
- Y de pronto ya no solo es la tarea, ahora también es la culpa, la presión, y ese pensamiento incómodo de “¿qué está pasandaaaaa.
- Se trata de entenderte un poquito mejor porque avanzar no siempre es cuestión de disciplina, a veces es cuestión de dejar de huirle a lo que sientes.
Hace unos días alguien me dijo, medio en broma, medio en serio: “sé lo que tengo que hacer…pero no empiezo”. Y rápido llegó la etiqueta de siempre: “es que soy bien flojo”.
Pero a ver…no. No siempre es flojera.
Porque la flojera sería no querer. Y aquí hay algo curioso: sí quieres. Pero si te importa y sabes que es importante, entonces ¿por qué no lo haces?
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Ahí es donde entra algo que en psicología se conoce como “evitación experiencial”, un concepto trabajado por Hayes et al (1996) que suena complicado, pero en realidad es bastante simple: a veces no evitamos las cosas, evitamos lo que sentimos cuando las hacemos.
Es decir, no estás evitando el trabajo: estás evitando el estrés.
No estás evitando mandar el CV para una vacante de trabajo: estás evitando el rechazo.
No estás evitando empezar un proyecto: estás evitando la posibilidad de fallar.
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Y entonces pasa algo muy humano: tu cerebro dice “mejor luego”. Y ese “luego” viene con distracciones, con pendientes menos importantes, con cualquier cosa que te saque de esa incomodidad. Y ojo, tiene sentido. Nadie quiere sentirse mal.
El tema es que esa “solución” funciona…pero poquito. Porque sí, hoy no lo hiciste y te sentiste mejor. Pero mañana sigue ahí. Y pasado también. Y de pronto ya no solo es la tarea, ahora también es la culpa, la presión, y ese pensamiento incómodo de “¿qué está pasandaaaaa?”.
Spoiler: no te pasa nada raro.
Te pasa algo bastante común: estás tratando de evitar sentirte mal…y sin darte cuenta, eso te está frenando más. Por eso, en lugar de preguntarte “¿por qué soy tan flojo?”, tal vez valga más la pena preguntarte: “¿qué es lo que no quiero sentir al hacer esto?”
Porque a veces es miedo.
A veces es inseguridad.
A veces es simple cansancio.
Y cuando eso se pone sobre la mesa, algo cambia. No mágicamente, pero sí lo suficiente para empezar distinto. No se trata de echarle más ganas a la fuerza. Se trata de entenderte un poquito mejor porque avanzar no siempre es cuestión de disciplina, a veces es cuestión de dejar de huirle a lo que sientes.
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Y bueno…si después de todo esto prefieres seguir diciéndote que eres flojo, también se vale. Es más rápido, no incomoda tanto…y además, siempre puedes dejar eso de entenderte mejor para mañana, y para pasado…y así hasta el final de los tiempos.
Por: Psic. Miguel Negrete Gil (Ced. Prof. 15742528)
IG/FB: @psic.miguelnegrete
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