Lo que tienes que saber
- Desde la psicología conductual sabemos que las conductas tienden a mantenerse cuando producen alguna consecuencia que las refuerza, Skinner (1953) explicó cómo las consecuencias pueden aumentar la probabilidad de que una conducta vuelva a aparecer.
- Porque quizá no puedes evitar que alguien haga drama, pero sí puedes decidir si vas a entrar al escenario o mejor lo ves de lejitos.
- dejar de responder, no investigar, no explicar de más, no intervenir, aceptar que quizá nunca tendrás la última palabra y permitir que algunas historias terminen sin el cierre espectacular con luces, chispas y confeti que imaginabas en tu cabecita.
“Yo odio los problemas. A mí me gusta estar tranquilo”. Lo dices mientras respondes el mensaje que claramente va a provocar otra discusión, después todavía te atreves a preguntar “¿y qué pasó después?” cuando sabes perfectamente que se viene el chisme y te metes a resolver un conflicto que, técnicamente, ni siquiera era tuyo.
Pero tú odias el drama. Ajá.
Hay algo bastante incómodo que hay que aceptar (para variar): a veces no solo encontramos el drama, también participamos en su construcción. No necesariamente porque seamos personas conflictivas, sino porque ciertos patrones emocionales pueden resultarnos más familiares de lo que queremos admitir.
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Porque hay gente que dice querer paz, pero cuando todo está tranquilo se siente rara. No sabe qué hacer con el silencio. Necesita revisar, preguntar, anticipar, intervenir, aclarar, responder. Y cuando finalmente aparece un problema, curiosamente sabe exactamente dónde ponerse.
Desde la psicología conductual sabemos que las conductas tienden a mantenerse cuando producen alguna consecuencia que las refuerza, Skinner (1953) explicó cómo las consecuencias pueden aumentar la probabilidad de que una conducta vuelva a aparecer. Y aquí viene lo interesante: el drama también puede tener recompensas.
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Atención. Adrenalina. Sensación de importancia. Cercanía con otras personas. La sensación de estar resolviendo algo. Incluso la certeza de “tener razón”.
Por eso alguien puede decir que quiere tranquilidad y, sin darse cuenta, terminar alimentando situaciones que le proporcionan exactamente lo contrario. Por ejemplo: alguien tarda en contestarte y comienzas a imaginar que está molesto. Le mandas otro mensaje. Luego otro. Después preguntas “¿todo bien?”. La otra persona responde que sí, pero ahora eres tú quien está molesto porque “contestó raro”. Y ahí vamos otra vez, ¿te suena? Yo sé que sí, no mientas.
Otro ejemplo: alguien te cuenta un problema familiar y tú inmediatamente tomas partido, das consejos, mandas mensajes, intervienes y terminas más involucrado que los protagonistas originales. Después dices: “Es que no sé por qué siempre me toca estar en medio, bien raro…”.
Wait…¿siempre?
Tal vez vale la pena preguntarse qué haces tú cuando aparece el conflicto.
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Porque también existe una forma de drama mucho más silenciosa: revisar constantemente qué quiso decir alguien, interpretar tonos de mensajes, imaginar conversaciones que nunca ocurrieron, anticipar problemas y convertir cualquier pequeño cambio en una señal de catástrofe.
ESO. TAMBIÉN. DESGASTA.
Y no, bebé de luz, esto no significa que todo conflicto sea culpa tuya. Hay personas conflictivas, ambientes tóxicos y situaciones que realmente están fuera de nuestro control. La responsabilidad psicológica no consiste en culparte por todo. Consiste en identificar qué parte sí depende de ti.
Porque quizá no puedes evitar que alguien haga drama, pero sí puedes decidir si vas a entrar al escenario o mejor lo ves de lejitos.
Y aquí viene la pregunta incómoda: ¿realmente quieres paz o solamente quieres que el drama termine de la manera que tú quieres?
Porque no es lo mismo, no lo es. No.
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A veces no queremos tranquilidad. Queremos ganar la discusión, recibir una disculpa, demostrar que teníamos razón o conseguir que la otra persona finalmente entienda cuánto nos lastimó. Y mientras esperamos ese momento perfecto, seguimos emocionalmente atrapados.
La paz, por desgracia, muchas veces implica algo mucho menos satisfactorio: dejar de responder, no investigar, no explicar de más, no intervenir, aceptar que quizá nunca tendrás la última palabra y permitir que algunas historias terminen sin el cierre espectacular con luces, chispas y confeti que imaginabas en tu cabecita.
Así que la próxima vez que pienses “otra vez estoy metido en problemas”, haz una pausa.
Pregúntate: “¿me metieron…o entré por mi propio y delicado piecito?”.
Porque quizá el verdadero cambio no consiste en aprender a manejar mejor el drama. Quizá consiste en dejar de comprar boleto para una película que después vas a pasar dos semanas diciendo que odiabas.
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Y sí, la paz puede parecer aburrida al principio. Pero después de vivir demasiado tiempo en el caos, hasta la tranquilidad necesita práctica.
Por: Psic. Miguel Negrete Gil.
IG/FB: @psic.miguelnegrete
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