Lo que tienes que saber

  • Pienso en Zelda y me resulta imposible separar esa franquicia de mi propia historia, sus aventuras me han acompañado durante tantos años que su influencia terminó trascendiendo la pantalla de una manera que jamás habría imaginado, tanto que hoy mi hija lleva ese nombre, y quizá no exista una forma más bonita de explicar lo que una obra puede significar para alguien que convertir una parte de aquello que amas en algo que acompañará a tu familia toda la vida, Hyrule siempre será un lugar al que puedo regresar cuando necesito escapar un rato del mundo, pero ahora Zelda también representa una parte de mi mundo real, una conexión entre el niño que fui y la persona en la que me he convertido.
  • Pokémon me enseñó otra forma de disfrutar los videojuegos, me enseñó el placer de coleccionar, de buscar esa criatura que todavía no tienes, de completar una colección y de entender que muchas veces la emoción no está solamente en ganar, sino en encontrar algo que llevabas tiempo buscando, mientras que Silent Hill me enfrentó a una experiencia completamente distinta, porque el terror no siempre consiste en asustarnos con lo que aparece frente a nosotros, a veces consiste en obligarnos a caminar hacia aquello que preferiríamos evitar, y superar esos miedos dentro de un videojuego también puede convertirse en una pequeña forma de aprender a enfrentarlos fuera de él Super Mario 64, por su parte, me enseñó a mirar los mundos virtuales con curiosidad, a no conformarme con seguir el camino evidente, a preguntarme qué habría detrás de aquella puerta, qué pasaría si saltaba hacia ese lugar que parecía inaccesible o qué secreto estaría escondido en una esquina que nadie parecía necesitar visitar, mucho antes de que habláramos de mundos abiertos como una característica indispensable, Mario ya nos invitaba a explorar por el simple placer de descubrir, y quizá esa sea una de las enseñanzas más bonitas que puede dejarnos un videojuego, entender que no todo se trata de llegar a la meta, a veces lo importante es todo aquello que encontramos mientras intentamos alcanzarla.
  • Y luego está Mario Kart, que me recuerda que no todos los grandes momentos necesitan una historia épica o un villano que derrotar, algunas de las memorias más valiosas nacen de sentarnos junto a alguien y jugar durante horas, de competir, molestarnos, reírnos y pedir una carrera más aunque supiéramos que llevábamos demasiado tiempo frente a la consola, en mi caso, esos momentos con mi hermano forman parte de una etapa que no se puede recuperar exactamente de la misma manera, pero que permanece viva cada vez que vuelvo a escuchar el sonido de una carrera o recuerdo aquella emoción de intentar ganar por una diferencia mínima.

Antes que nada, una disculpa por haberme ausentado la semana pasada, pero hace unos días cumplí 32 años y, entre las celebraciones y los inevitables momentos de reflexión que llegan con cada vuelta al sol, terminé pensando en algo que pocas veces nos detenemos a considerar, la importancia que han tenido los videojuegos en mi vida y la manera en que, sin darme cuenta, dejaron de ser solamente una forma de entretenimiento para convertirse en una parte de quien soy

A veces parece que crecer significa abandonar ciertas cosas, dejar atrás los juguetes, las caricaturas, las tardes frente al televisor y esas aventuras que alguna vez parecían lo más importante del mundo, pero cumplir años también me ha enseñado que hay pasiones que no desaparecen con el tiempo, simplemente cambian de significado, porque hoy ya no juego de la misma manera que cuando era niño, pero sigo encontrando en un videojuego esa capacidad de sorprenderme, emocionarme y hacerme sentir que todavía hay mundos esperando a ser descubiertos.

Suscríbete a nuestro canal de WhatsApp y entérate de todas las noticias al instante

Pienso en Zelda y me resulta imposible separar esa franquicia de mi propia historia, sus aventuras me han acompañado durante tantos años que su influencia terminó trascendiendo la pantalla de una manera que jamás habría imaginado, tanto que hoy mi hija lleva ese nombre, y quizá no exista una forma más bonita de explicar lo que una obra puede significar para alguien que convertir una parte de aquello que amas en algo que acompañará a tu familia toda la vida, Hyrule siempre será un lugar al que puedo regresar cuando necesito escapar un rato del mundo, pero ahora Zelda también representa una parte de mi mundo real, una conexión entre el niño que fui y la persona en la que me he convertido

SIGUE LEYENDO: Stellar Blade : Cuando la belleza sabe pelear

Pokémon me enseñó otra forma de disfrutar los videojuegos, me enseñó el placer de coleccionar, de buscar esa criatura que todavía no tienes, de completar una colección y de entender que muchas veces la emoción no está solamente en ganar, sino en encontrar algo que llevabas tiempo buscando, mientras que Silent Hill me enfrentó a una experiencia completamente distinta, porque el terror no siempre consiste en asustarnos con lo que aparece frente a nosotros, a veces consiste en obligarnos a caminar hacia aquello que preferiríamos evitar, y superar esos miedos dentro de un videojuego también puede convertirse en una pequeña forma de aprender a enfrentarlos fuera de él Super Mario 64, por su parte, me enseñó a mirar los mundos virtuales con curiosidad, a no conformarme con seguir el camino evidente, a preguntarme qué habría detrás de aquella puerta, qué pasaría si saltaba hacia ese lugar que parecía inaccesible o qué secreto estaría escondido en una esquina que nadie parecía necesitar visitar, mucho antes de que habláramos de mundos abiertos como una característica indispensable, Mario ya nos invitaba a explorar por el simple placer de descubrir, y quizá esa sea una de las enseñanzas más bonitas que puede dejarnos un videojuego, entender que no todo se trata de llegar a la meta, a veces lo importante es todo aquello que encontramos mientras intentamos alcanzarla.

Y luego está Mario Kart, que me recuerda que no todos los grandes momentos necesitan una historia épica o un villano que derrotar, algunas de las memorias más valiosas nacen de sentarnos junto a alguien y jugar durante horas, de competir, molestarnos, reírnos y pedir una carrera más aunque supiéramos que llevábamos demasiado tiempo frente a la consola, en mi caso, esos momentos con mi hermano forman parte de una etapa que no se puede recuperar exactamente de la misma manera, pero que permanece viva cada vez que vuelvo a escuchar el sonido de una carrera o recuerdo aquella emoción de intentar ganar por una diferencia mínima.

Y podría seguir hablando de juegos, de personajes, de mundos y de historias que han dejado una huella en mí, porque cada franquicia representa algo distinto, algunas me dieron curiosidad, otras me enseñaron a enfrentar mis miedos, otras despertaron mi imaginación y algunas simplemente me regalaron tiempo con las personas que quiero, pero todas tienen algo en común, estuvieron ahí mientras yo crecía, mientras cambiaba, mientras aprendía cosas sobre el mundo y sobre mí mismo.

LEE: Dragon Ball Z Budokai Tenkaichi 3: La cúspide de Dragon Ball

Cumplir 32 años me recordó que he pasado una parte importante de mi vida jugando, pero también que no he pasado esos años simplemente frente a una pantalla, he explorado mundos, enfrentado monstruos, coleccionado recuerdos, compartido tardes con mi hermano y encontrado historias que todavía llevo conmigo, porque al final los videojuegos no detuvieron el tiempo mientras crecíamos, nos acompañaron durante el viaje, y quizá esa sea la razón por la que, después de tantos años, todavía hay una parte de mí que escucha el inicio de una aventura y siente exactamente la misma emoción que aquel niño que apenas estaba descubriendo lo que significaba jugar.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *