Lo que tienes que saber
- Una revisión científica publicada apenas en julio de 2026 advierte una tremenda paradoja, la IA generativa puede apoyar la escritura, la investigación y la resolución de problemas, pero una dependencia excesiva puede desplazar procesos cognitivos esenciales y reducir la autonomía de cualquier estudiante.
- El desafío es enseñarnos a utilizarla sin entregarle también la curiosidad, el criterio y la capacidad de disentir, porque saber formular una pregunta no equivale a comprender la respuesta y obtenerla en segundos tampoco significa haber aprendido.
- Tal vez por eso la escuela tendrá que cambiar también aquello que evalúa, pues si una máquina puede producir respuestas extraordinarias, la respuesta correcta ya no basta para demostrar conocimiento… habrá que mirar el proceso, las preguntas, las fuentes, la capacidad de defender una idea y hasta el derecho a equivocarse.
Durante siglos, una respuesta correcta fue evidencia de que alguien sabía. Un ensayo bien escrito, una ecuación resuelta o una argumentación sólida permitían suponer que detrás había lectura, memoria, dudas y pensamiento; pero en 2026 esa certeza comenzó a romperse, porque hoy un estudiante puede producir un trabajo impecable sin saber con precisión dónde terminó el pensamiento de la máquina y comenzó el suyo.
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Y esta discusión ya llegó a las aulas. Este verano, cien estudiantes, dos por cada estado de Estados Unidos, se reunieron en Boston y Cambridge junto con 50 líderes educativos para algo inédito: debatir y aprobar una propuesta nacional sobre el uso de inteligencia artificial en escuelas públicas. Entre los temas discutidos estuvieron limitar su uso antes de octavo grado, proteger los datos de los alumnos y establecer cuándo la IA deja de ser apoyo y comienza a sustituir el aprendizaje. Y a decir verdad, que sean los propios jóvenes quienes estén pidiendo reglas quizá sea el dato más revelador.
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La ciencia le da un nombre a parte del fenómeno de cognitive offloading, o descarga cognitiva, que ocurre cuando transferimos tareas mentales a una herramienta externa. Lo hacemos desde hace años con calculadoras, agendas o GPS; la diferencia ahora es que la IA ya no solo recuerda por nosotros, también redacta, sintetiza, argumenta y hasta propone. Puede acompañar el pensamiento, sí, pero también puede ahorrarnos justamente el esfuerzo que lo construye.
Una revisión científica publicada apenas en julio de 2026 advierte una tremenda paradoja, la IA generativa puede apoyar la escritura, la investigación y la resolución de problemas, pero una dependencia excesiva puede desplazar procesos cognitivos esenciales y reducir la autonomía de cualquier estudiante. Otra investigación reciente propone preservar la fascinante “fricción cognitiva”, ese momento incómodo de no saber, equivocarse, volver a leer, borrar y finalmente comprender. Quizá llevamos años intentando hacer el aprendizaje más fácil sin preguntarnos si cierta dificultad era, precisamente, donde ocurría el aprendizaje.
Y ahí aparece una pregunta que me inquieta aún mucho más que el plagio. ¿Qué parte de nuestro pensamiento no deberíamos delegar jamás?
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No creo que la respuesta sea expulsar la inteligencia artificial del salón, pues sería tan absurdo como haber prohibido internet en su momento para proteger las enciclopedias. El desafío es enseñarnos a utilizarla sin entregarle también la curiosidad, el criterio y la capacidad de disentir, porque saber formular una pregunta no equivale a comprender la respuesta y obtenerla en segundos tampoco significa haber aprendido.
Desde mi mirada, además, comienza a dibujarse otra desigualdad. La nueva brecha educativa quizá no separe solamente a quienes tienen acceso a la inteligencia artificial de quienes no, sino a quienes aprendan a pensar con ella de quienes terminen permitiéndole pensar por ellos.
Tal vez por eso la escuela tendrá que cambiar también aquello que evalúa, pues si una máquina puede producir respuestas extraordinarias, la respuesta correcta ya no basta para demostrar conocimiento… habrá que mirar el proceso, las preguntas, las fuentes, la capacidad de defender una idea y hasta el derecho a equivocarse.
La gran discusión educativa de nuestro tiempo quizá no sea cuánto puede hacer la inteligencia artificial por nosotros, sino cuánto de nosotros estamos dispuestos a dejar a un lado a cambio de la comodidad. Porque una tecnología puede prestarnos palabras, datos e incluso argumentos; pero lo único que la educación no debería permitirnos delegar es la construcción de una inteligencia verdaderamente nuestra.
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