Lo que tienes que saber

  • Simplemente ocurre que esa persona que siempre presume sus viajes, su trabajo maravilloso, su relación perfecta y una vida aparentemente patrocinada por el universo acaba de contar que algo le salió terriblemente mal y, durante una fracción de segundo, sentimos una satisfacción chiquita, pequeñita, discreta y bastante difícil de presumir en terapia.
  • Restrepo-Neira (2019), en una revisión publicada en Revista CS, explica que la comparación social, la percepción de merecimiento, la empatía y las condiciones sociales pueden influir en la aparición de Schadenfreude, y que la envidia podría favorecerla.
  • cuando alguien tiene algo que deseamos y su éxito nos hace sentir en desventaja, verlo bajar momentáneamente del pedestal puede resultar extrañamente satisfactorio, y no porque siempre queramos tener más, sino que a veces solamente queremos dejar de sentir que tenemos menos.

No queremos que le vaya mal, por supuesto que no. Somos personas maduras, generosas y emocionalmente evolucionadas. Simplemente ocurre que esa persona que siempre presume sus viajes, su trabajo maravilloso, su relación perfecta y una vida aparentemente patrocinada por el universo acaba de contar que algo le salió terriblemente mal y, durante una fracción de segundo, sentimos una satisfacción chiquita, pequeñita, discreta y bastante difícil de presumir en terapia.

Después nos sentimos culpables. ¿Soy una mala persona por alegrarme de la desgracia ajena? No necesariamente. De hecho, los alemanes tuvieron la amabilidad de inventarnos (entre otras cosas) una palabra para evitar explicaciones incómodas: Schadenfreude, el placer o satisfacción que podemos experimentar ante el infortunio de otra persona.

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La psicología ha encontrado una relación particularmente interesante entre este fenómeno y la envidia. Restrepo-Neira (2019), en una revisión publicada en Revista CS, explica que la comparación social, la percepción de merecimiento, la empatía y las condiciones sociales pueden influir en la aparición de Schadenfreude, y que la envidia podría favorecerla.

Déjame decirlo de manera menos académica y dominguera: cuando alguien tiene algo que deseamos y su éxito nos hace sentir en desventaja, verlo bajar momentáneamente del pedestal puede resultar extrañamente satisfactorio, y no porque siempre queramos tener más, sino que a veces solamente queremos dejar de sentir que tenemos menos.

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Imagina que un compañero consigue el ascenso que tú querías, ¿ajá?. Cada vez que habla de su nuevo puesto aparece inevitablemente la comparación: él avanzó, tú no. Meses después descubres que el cargo resultó ser un desastre y aparece ese pequeño “bueno…” que intentamos ocultar detrás de una expresión profundamente compasiva. Su problema no mejoró nuestra situación, pero psicológicamente pudo reducir por un momento la distancia que sentíamos entre ambos.

También importa cuánto creemos que alguien “merecía” lo ocurrido. Si percibimos a una persona como arrogante, injustamente privilegiada o excesivamente presumida, su caída puede sentirse como una especie de restauración del equilibrio porque pues “ya le tocaba”. El problema, evidentemente, es que nuestro sentido de justicia tiene la curiosa costumbre de coincidir bastante con nuestras propias emociones.

Pero ojo, bebé: sentir ocasionalmente esta satisfacción no nos convierte automáticamente en monstruos. Las emociones aparecen antes de que podamos redactar un comunicado explicando nuestros valores. Lo interesante es preguntarnos qué revela esa sensación: quizá el fracaso del otro nos alegra porque su éxito estaba tocando alguna inseguridad propia, ¿ajá?

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Y entonces la pregunta deja de ser “¿por qué me dio gusto que le fuera mal?” para convertirse en una bastante más incómoda: “¿por qué necesitaba que le fuera mal para sentirme mejor conmigo?”. Ah, ¿verdad? Porque déjame decirte que a veces la desgracia ajena no nos produce felicidad, solamente consigue que nuestra propia vida, por comparación, duela un poquito (poquito) menos.

Por: Psic. Miguel Negrete Gil.
IG/FB: @psic.miguelnegrete

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