Lo que tienes que saber

  • Hablaba de niños de apenas 10 a 13 años que ya recurren a TikTok, YouTube y otros espacios digitales para resolver dudas sobre su cuerpo, sexo, relaciones, alimentación, miedos o salud mental y, conforme avanzaba, inevitablemente pensé en mi hija, porque una cosa es saber que nuestros hijos viven conectados y otra muy distinta imaginar todo aquello que pueden estar preguntando cuando nosotros creemos que simplemente están viendo el teléfono.
  • Se preguntaban a mamá, a una hermana mayor, a una amiga, o quizá a esa maestra con la que existía cierta confianza y, claro, muchas veces tampoco se preguntaban porque daba pena, porque en casa había temas prohibidos o porque nadie nos había enseñado cómo hablar de ciertas cosas.
  • No quiero romantizar aquel tiempo, pero sí hay algo que cambió profundamente, es que ahora una niña puede preguntarle a TikTok si su cuerpo es normal, buscar en YouTube qué debería pasar en su primer beso o escribirle a una inteligencia artificial que lleva días sintiéndose triste, todo desde su habitación, y eso ocurre mientras su mamá está apenas a unos metros preguntándose por qué últimamente la siente tan callada.

Esta semana me encontré con una investigación que se me quedó dando vueltas en la cabeza mucho después de terminar de leerla. Hablaba de niños de apenas 10 a 13 años que ya recurren a TikTok, YouTube y otros espacios digitales para resolver dudas sobre su cuerpo, sexo, relaciones, alimentación, miedos o salud mental y, conforme avanzaba, inevitablemente pensé en mi hija, porque una cosa es saber que nuestros hijos viven conectados y otra muy distinta imaginar todo aquello que pueden estar preguntando cuando nosotros creemos que simplemente están viendo el teléfono.

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Y entonces me hice un cuestionamiento que desde ese día no he podido soltar: ¿en qué momento dejamos de ser la primera búsqueda de nuestros hijos?

Porque hasta hace no tanto esas dudas tenían rostro. Se preguntaban a mamá, a una hermana mayor, a una amiga, o quizá a esa maestra con la que existía cierta confianza y, claro, muchas veces tampoco se preguntaban porque daba pena, porque en casa había temas prohibidos o porque nadie nos había enseñado cómo hablar de ciertas cosas. No quiero romantizar aquel tiempo, pero sí hay algo que cambió profundamente, es que ahora una niña puede preguntarle a TikTok si su cuerpo es normal, buscar en YouTube qué debería pasar en su primer beso o escribirle a una inteligencia artificial que lleva días sintiéndose triste, todo desde su habitación, y eso ocurre mientras su mamá está apenas a unos metros preguntándose por qué últimamente la siente tan callada.

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A mí, como mamá, esa imagen me aprieta un poquito el corazón, aunque después pensé que quizá la pregunta no debería ser solamente por qué recurren a una pantalla, sino qué encuentran ahí que a veces no encuentran en nosotros. Y la respuesta tampoco es tan difícil de imaginar; internet no abre demasiado los ojos, no dice “estás muy chica para saber eso”, no convierte una pregunta sobre sexo en un regaño y, sobre todo, nunca está demasiado ocupado. A las dos de la mañana sigue ahí, dispuesto a responder algo que quizá un adolescente lleva horas tratando de animarse a preguntar.

Por eso me llamó todavía más la atención que justo esta semana México anunciara nuevas medidas para exigir a las plataformas mayor protección de los menores frente a contenidos relacionados con violencia, sexualidad, autolesiones o trastornos alimentarios. Claro que necesitamos protegerlos de lo que pueden encontrar en internet, pero mientras leía sobre esas medidas regresé a la misma inquietud; nos preocupa muchísimo lo que las pantallas les están diciendo y quizá no estamos preguntándonos lo suficiente por qué fueron a contárselo primero a ellas antes que a nosotros.

Y ahí la conversación cambia, porque TikTok puede sentirse como esa hermana mayor que parece saberlo todo, YouTube como el maestro que siempre tiene una explicación y una inteligencia artificial incluso puede contestar con aparente paciencia, sin juzgar y usando palabras que parecen entender exactamente lo que sentimos. El problema es que ninguna de esas herramientas conoce realmente al niño que está del otro lado. Puede saber qué escribió nuestra hija, a qué hora lo buscó y qué video vio después, pero no sabe por qué le tembló la manita antes de escribirlo ni qué pasó ese día en la escuela para que terminara preguntando si alguien todavía la quiere.

Y no sé si esto me pega distinto por ser mujer o simplemente por ser mamá, pero pensé también en nosotras. Muchas aprendimos sobre nuestro cuerpo entre conversaciones a media voz, secretos de amigas, consejos de nuestras madres y silencios que venían desde nuestras abuelas; después crecimos prometiéndonos que con nuestras hijas sería diferente, que podrían hablarnos del miedo, del deseo, de sus límites, de la tristeza, sin sentir que había algo malo en ellas. Por eso sería dolorosamente irónico que hayamos logrado romper tantos silencios para descubrir que sí aprendieron a hablar… solo que encontraron a alguien más a quien contarle primero.

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Y no, no quiero revisar el historial de mi hija ni conocer cada uno de sus secretos, porque crecer también significa empezar a guardar algunos que ya no nos pertenecen. Lo que quisiera es algo mucho más difícil de construir y mucho más fácil de perder: que sepa que ninguna pregunta va a cambiar la forma en que la miro, que si algún día algo le da miedo, pena o muchísima vergüenza, en casa todavía existe un lugar donde puede expresarlo.

Supongo que nunca vamos a competir con la velocidad de una pantalla y quizá tampoco deberíamos intentarlo. Internet tendrá millones de respuestas y la inteligencia artificial probablemente tendrá cada vez más, pero nosotros conocemos la historia que existe antes de la pregunta, recordamos la primera vez que dijeron nuestro nombre y algunas veces basta mirarles la cara para saber que detrás de un “no pasa nada” está pasando todo.

Nuestros hijos crecerán y dejarán de preguntarnos muchas cosas, y sí, aunque duela un poquito, así debe ser. Solo espero que cuando llegue una de esas preguntas que pesan demasiado para escribirla en una pantalla, todavía sepan que pueden venir a buscarnos a nosotros.

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