Lo que tienes que saber
- Basta pasar frente a cualquier obra para notar algo, los que cargan, los que mezclan y levantan ya no son, en su mayoría, los muchachos que alguna vez soñaron con ser maestros de obra.
- Muchos crecieron viendo a sus padres o abuelos regresar a casa con la espalda cansada, el salario justo y ninguna garantía de que mañana habría trabajo.
- Y detrás de todo hay una idea que se repite en casa y en la escuela, que estudiar es para no terminar en la obra, como si construir fuera un castigo y no un talento.
Basta pasar frente a cualquier obra para notar algo, los que cargan, los que mezclan y levantan ya no son, en su mayoría, los muchachos que alguna vez soñaron con ser maestros de obra. Cada vez más jóvenes miran la construcción de lejos, como si fuera un oficio de otra época.
No es capricho. Muchos crecieron viendo a sus padres o abuelos regresar a casa con la espalda cansada, el salario justo y ninguna garantía de que mañana habría trabajo. Aprendieron que en la obra se gana poco, se arriesga mucho y se envejece rápido. Con ese ejemplo en la memoria, ¿quién los culparía por buscar otro camino?
Suscríbete a nuestro canal de WhatsApp y entérate de todas las noticias al instante
Además, el mundo les ofrece alternativas que antes no existían. Una pantalla, una aplicación, un empleo con aire acondicionado y horario fijo parecen más amables que el sol, el polvo y el peso de los ladrillos. Y detrás de todo hay una idea que se repite en casa y en la escuela, que estudiar es para no terminar en la obra, como si construir fuera un castigo y no un talento.
Ese prejuicio es injusto. Levantar una casa exige ingenio, precisión y trabajo en equipo. Un buen albañil lee planos, calcula medidas y resuelve problemas que ningún manual anticipa. Un buen electricista o soldador domina una técnica que no se improvisa. Son saberes valiosos que hemos aprendido a ignorar.
SIGUE LEYENDO: Autoconstrucción
Hay también un asunto de herencia. En muchas familias el oficio ya no se transmite, el padre que aprendió del suyo prefiere que su hijo estudie otra cosa, y tiene sus razones. Así se rompe la cadena que durante generaciones formó a los mejores maestros. Cuando un oficio deja de enseñarse, no solo se pierden manos; se pierde memoria, esos trucos y criterios que no vienen en ningún libro.
El problema es que el país necesita más viviendas, más escuelas y más caminos, y alguien tendrá que hacerlos. Si el relevo no llega, las obras tardarán más, costarán más y, lo que es peor, se harán con menos oficio.
Una solución podría ser comenzar por cambiar lo que ofrecemos. Salarios que permitan planear una vida, contratos y seguridad social, capacitación que reconozca la experiencia y caminos claros para crecer. Pero también por cambiar lo que decimos, que un oficial certificado merece el mismo respeto que cualquier profesionista.
Los jóvenes no le han dado la espalda a la construcción por pereza, sino por falta de razones. Démosles razones y volverán a mirar la obra con orgullo. Cuando eso ocurra, cada casa levantada será también la prueba de que un país puede construirse a sí mismo.
- El oficio que los jóvenes dejaron de mirar

- Realizan Encuentro Internacional de Frecuencias Graves en Ciudad de México

- Los Tuzos se juegan la Liguilla ante Atlas: necesitan ganar para seguir soñando

