Lo que tienes que saber
- Cuando alguien nos lastima, engaña o humilla, es comprensible experimentar enojo y desear que existan consecuencias, el problema comienza cuando nuestra tranquilidad depende de comprobar que la otra persona finalmente recibió su merecido, entonces dejamos de buscar reparación y comenzamos a esperar un castigo que, convenientemente, no tendremos que ejecutar nosotros.
- Rosales-Sarabia (2017), en una investigación publicada en Acta de Investigación Psicológica, explica cómo las transgresiones interpersonales pueden generar estas respuestas y cómo el perdón involucra procesos emocionales y cognitivos que van mucho más allá de pronunciar unas palabras bonitas.
- Podemos establecer límites, exigir reparación y reconocer que determinadas conductas merecen consecuencias, pero lo que conviene cuestionar es cuánto espacio estamos dispuestos a concederle al deseo de que el otro pague, porque quizá la vida termine enseñándole algo, quizá no.
Por: Psic. Miguel Negrete Gil.
IG/FB: @psic.miguelnegrete
Hay una frase que permite desearle una desgracia a alguien sin perder la elegancia: “Yo no le deseo nada malo, pero ojalá la vida le dé una lección”. Flawless.
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No estamos pidiendo venganza, por supuesto. Simplemente esperamos que el universo, en su infinita sabiduría, organice una pequeña tragedia educativa. Y si puede hacerlo pronto, mejor, porque llevamos bastante tiempo esperando justicia y además queremos estar ahí para disfrutarla y regodearnos en la desgracia ajena.
Cuando alguien nos lastima, engaña o humilla, es comprensible experimentar enojo y desear que existan consecuencias, el problema comienza cuando nuestra tranquilidad depende de comprobar que la otra persona finalmente recibió su merecido, entonces dejamos de buscar reparación y comenzamos a esperar un castigo que, convenientemente, no tendremos que ejecutar nosotros.
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Desde la psicología, el resentimiento puede incluir hostilidad, ira, evitación y deseos de venganza. Rosales-Sarabia (2017), en una investigación publicada en Acta de Investigación Psicológica, explica cómo las transgresiones interpersonales pueden generar estas respuestas y cómo el perdón involucra procesos emocionales y cognitivos que van mucho más allá de pronunciar unas palabras bonitas. Lo interesante es que rara vez reconocemos abiertamente nuestros “sucios” deseos de revancha y preferimos presentarlos como una preocupación por la justicia: “no quiero que sufra, solamente que aprenda”. Aunque, curiosamente, cuando imaginamos ese aprendizaje casi siempre incluye lágrimas, arrepentimiento y una profunda conciencia de lo maravillosos que éramos antes de que decidiera tratarnos mal.
Esta fantasía puede ofrecernos una sensación momentánea de equilibrio. Si alguien nos hizo sentir impotentes, humillados, miserables, abandonados o insultados, imaginar que algún día enfrentará consecuencias permite recuperar simbólicamente algo del control perdido, sin embargo, existe una diferencia importante entre exigir responsabilidad y necesitar sufrimiento ajeno para sentirnos reivindicados. La primera puede conducir a decisiones concretas; la segunda corre el riesgo de mantenernos emocionalmente pendientes de alguien de quien precisamente queríamos alejarnos.
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Ojo aquí: tampoco se trata de perdonar obligatoriamente, reconciliarnos o fingir que nada ocurrió. Podemos establecer límites, exigir reparación y reconocer que determinadas conductas merecen consecuencias, pero lo que conviene cuestionar es cuánto espacio estamos dispuestos a concederle al deseo de que el otro pague, porque quizá la vida termine enseñándole algo, quizá no. Y también puede arrepentirse, cambiar, repetir sus errores o continuar viviendo tranquilamente sin recibir jamás la lección que nosotros considerábamos indispensable.
Y ahí aparece una posibilidad bastante menos espectacular que la venganza, pero mucho más útil: recuperar nuestra vida sin esperar a que la del otro se derrumbe.
Después de todo, desearle “que la vida le enseñe” puede sonar muy espiritual, muy zen, muy “good vibes only”, pero el problema es cuando seguimos inscritos, voluntariamente, como espectadores de todas sus clases.
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