Shareny Muñoz

Lo que tienes que saber

  • Después, la Organización Mundial de la Salud nos obligó a ampliar la mirada y reconocerla también como un problema de salud pública, porque la violencia no solo mata, también deja secuelas físicas, emocionales y sociales que perduran mucho después del último disparo.
  • Aprenden a compartir su ubicación antes de salir de casa, a reconocer calles que es mejor evitar, a guardar silencio cuando ciertos nombres aparecen en la conversación, a vivir pendientes del teléfono para confirmar que alguien llegó con bien.
  • El Center on the Developing Child de la Universidad de Harvard explica que la exposición prolongada al miedo puede generar estrés tóxico, una alteración biológica capaz de afectar procesos relacionados con la atención, la memoria, el lenguaje y la regulación emocional.

Esta semana México volvió a hacer algo que, tristemente, ha perfeccionado: contar muertes. Diez personas fueron asesinadas en Zacatecas, entre ellas Ignacio Castrejón Valdez, hermano del secretario de Educación de Hidalgo; días antes, en Puebla, un periodista y maestro fue ejecutado frente a su madre y a su hijo adolescente. Las noticias ocuparon los titulares durante unas horas y después continuamos con la rutina porque, sí, siempre continuamos.

Y al vez esa sea la expresión más dolorosa de nuestra normalidad, que aprendimos a convivir con la violencia como si fuera una condición inevitable de la vida.

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Durante décadas insistimos en verla únicamente como un problema de seguridad pública; después, la Organización Mundial de la Salud nos obligó a ampliar la mirada y reconocerla también como un problema de salud pública, porque la violencia no solo mata, también deja secuelas físicas, emocionales y sociales que perduran mucho después del último disparo.

Hoy, sin embargo, me parece que incluso esa explicación comienza a quedarse corta, porque la violencia también se ha convertido en un determinante social del aprendizaje.

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Mientras discutimos rezago educativo, abandono escolar o comprensión lectora, millones de niñas, niños y adolescentes están cursando otra materia; esa que no aparece en ningún plan de estudios, pero condiciona profundamente su manera de aprender.

Aprenden a compartir su ubicación antes de salir de casa, a reconocer calles que es mejor evitar, a guardar silencio cuando ciertos nombres aparecen en la conversación, a vivir pendientes del teléfono para confirmar que alguien llegó con bien. Aprenden, antes que muchas otras cosas, a sobrevivir; y ningún cerebro aprende igual cuando vive en permanente estado de alerta ante la siguiente amenaza.

La evidencia científica lleva años advirtiéndolo. El Center on the Developing Child de la Universidad de Harvard explica que la exposición prolongada al miedo puede generar estrés tóxico, una alteración biológica capaz de afectar procesos relacionados con la atención, la memoria, el lenguaje y la regulación emocional. Y no hablamos únicamente de emociones, hablamos de aprendizaje.

Entonces la pregunta deja de ser exclusivamente policiaca para convertirse también en educativa: ¿cómo exigimos excelencia académica a quien vive en estado permanente de alerta? ¿Cómo interpretamos los resultados escolares sin preguntarnos primero desde qué realidad emocional intenta aprender ese estudiante?

Quizá por eso seguimos buscando respuestas únicamente dentro del aula, cuando una parte del problema, en realidad, ocurre fuera de ella. La violencia no solo deja víctimas directas; también modifica la manera en que una generación completa concentra su atención, construye confianza y proyecta el futuro. Existe un currículo invisible que nadie diseñó y que, sin embargo, millones de niñas y niños cursan todos los días.

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Desde esta perspectiva, creo que el mayor fracaso de un país quizá no sea que sus estudiantes aprendan menos matemáticas o comprendan cada vez peor un texto. Quizá sea que aprendan primero a tener miedo que a tener futuro.

Un comentario en «La violencia como determinante de aprendizaje»

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