KATHYA MORENO

Lo que tienes que saber

  • Lo verdaderamente valioso es descubrir que detrás de cada canasta de recolección existe una historia, una familia, una tradición y una mujer que ha aprendido a leer el bosque como pocos saben hacerlo.
  • De acuerdo con lo que me comanta Francis, en Corazón de las Cañadas el bosque se convierte en una alternativa de desarrollo, pues el turismo comunitario deja de ser únicamente una actividad recreativa para convertirse en una estrategia de desarrollo local.

Los hongos son apenas la puerta de entrada. Lo verdaderamente valioso es descubrir que detrás de cada canasta de recolección existe una historia, una familia, una tradición y una mujer que ha aprendido a leer el bosque como pocos saben hacerlo.

Cada temporada de lluvias, los bosques mexicanos despiertan con una riqueza que pocas veces ocupa los titulares. Bajo la sombra de los encinos y los pinos emergen cientos de especies de hongos que, para muchos visitantes, son apenas una curiosidad gastronómica. Sin embargo, para numerosas comunidades rurales representan historia, identidad, alimento, medicina y una forma digna de construir el futuro.

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Detrás de esa riqueza existe un conocimiento ancestral que rara vez recibe el reconocimiento que merece. Son las nanacateras —mujeres recolectoras de hongos— quienes han heredado de generación en generación la capacidad de distinguir las especies comestibles de las tóxicas, conocer los tiempos del bosque, entender sus ciclos y transmitir una relación respetuosa con la naturaleza.

En Corazón de las Cañadas, Francisca Quiroz Olvera representa precisamente esa tradición. Quien no solo se define como recolectora de hongos, sino también como ambientalista. Su trabajo no termina con la recolección. Los hongos forman parte de un sistema de aprovechamiento responsable que incluye medicina tradicional, gastronomía, artesanías, plantas medicinales y productos derivados de los recursos locales.

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Todo ello demuestra que la biodiversidad puede convertirse en una oportunidad económica sin dejar de ser patrimonio natural.

Con frecuencia, el turismo llega a las comunidades buscando paisajes o fotografías. El turismo comunitario propone algo distinto: conocer a las personas que habitan esos territorios y comprender la relación que han construido con ellos durante décadas.

Francisca explica que en Corazón de las Cañadas participan más de 21 personas, cada una aportando sus saberes mediante cocinas tradicionales, artesanías, bordados, plantas medicinales y talleres. Es decir, el visitante no encuentra únicamente un destino turístico, sino una comunidad organizada que comparte su forma de vida.

La Feria del Hongo, que se llevó a cabo por primera vez el fin pasado, por ejemplo, no pretende únicamente ofrecer platillos diferentes. Busca cambiar la percepción que existe sobre los hongos y mostrar su enorme potencial culinario, medicinal y económico.

De acuerdo con lo que me comanta Francis, en Corazón de las Cañadas el bosque se convierte en una alternativa de desarrollo, pues el turismo comunitario deja de ser únicamente una actividad recreativa para convertirse en una estrategia de desarrollo local. No se trata de “explotar” los recursos naturales, sino de generar valor a partir de ellos mediante el conocimiento, la organización y el respeto por el entorno.

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Cuando una familia obtiene ingresos guiando caminatas micológicas, vendiendo conservas, impartiendo talleres o preparando alimentos tradicionales, también encuentra razones para conservar el bosque que hace posible esa economía.

Por eso resulta tan importante reconocer el papel de las nanacateras. Ellas no solamente identifican hongos. Son depositarias de un conocimiento biocultural construido durante generaciones. Saben cuándo cortar un ejemplar sin afectar el micelio, conocen las condiciones climáticas que favorecen cada especie y distinguen cuáles tienen propiedades medicinales o gastronómicas.

Los hongos son apenas la puerta de entrada. Lo verdaderamente valioso es descubrir que detrás de cada canasta de recolección existe una historia, una familia, una tradición y una mujer que ha aprendido a leer el bosque como pocos saben hacerlo.

Tal vez esa sea la mayor enseñanza del turismo comunitario: viajar no debería consistir únicamente en visitar lugares, sino en comprender a quienes los habitan. Mientras existan nanacateras que continúen enseñando el lenguaje del bosque, también habrá esperanza para conservar una parte invaluable del patrimonio biocultural de México.

Porque proteger los hongos no significa únicamente cuidar una especie. Significa proteger el conocimiento, la cultura y la dignidad de las comunidades que han aprendido a vivir con el bosque sin dejar de pertenecer a él.

Un comentario en «Las nanacateras: las guardianas silenciosas del bosque»

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