Henry Sevilla

Lo que tienes que saber

  • Hay columnas que simplemente no me gustaría escribir,  noticias que trascienden una consola o una empresa, noticias que nos obligan a detenernos un momento y preguntarnos hacia dónde se dirige esta industria que tanto queremos, y lo ocurrido recientemente con PlayStation, dejando cada vez más claro que su apuesta está en un futuro completamente digital, vuelve a abrir un debate que lleva años creciendo, uno que ya no gira alrededor de la tecnología, sino alrededor de los derechos de quienes durante décadas hemos sostenido esta industria.
  • Durante mucho tiempo, comprar un videojuego significaba llevarnos a casa algo que realmente era nuestro, abrir la caja por primera vez, admirar la portada, hojear el manual, colocar el disco en el estante junto a los demás y saber que, dentro de diez o veinte años, seguiría ahí, listo para volver a ser jugado, para prestarlo a un amigo, venderlo o simplemente conservarlo como parte de nuestra historia, hoy, poco a poco, todo eso comienza a desaparecer.
  • Es verdad que el formato digital ofrece ventajas que sería absurdo negar, descargar un juego en cuestión de minutos, cambiar de título sin levantarnos del sillón o tener toda la biblioteca disponible con un par de clics resulta cómodo, sin embargo, esa comodidad ha venido acompañada de una realidad que muchas veces preferimos ignorar, ya no compramos videojuegos, compramos licencias de uso, licencias sujetas a servidores, contratos, cuentas y condiciones que pueden cambiar en cualquier momento, sin que el jugador tenga realmente algo que decir.

Hay columnas que simplemente no me gustaría escribir,  noticias que trascienden una consola o una empresa, noticias que nos obligan a detenernos un momento y preguntarnos hacia dónde se dirige esta industria que tanto queremos, y lo ocurrido recientemente con PlayStation, dejando cada vez más claro que su apuesta está en un futuro completamente digital, vuelve a abrir un debate que lleva años creciendo, uno que ya no gira alrededor de la tecnología, sino alrededor de los derechos de quienes durante décadas hemos sostenido esta industria.

Durante mucho tiempo, comprar un videojuego significaba llevarnos a casa algo que realmente era nuestro, abrir la caja por primera vez, admirar la portada, hojear el manual, colocar el disco en el estante junto a los demás y saber que, dentro de diez o veinte años, seguiría ahí, listo para volver a ser jugado, para prestarlo a un amigo, venderlo o simplemente conservarlo como parte de nuestra historia, hoy, poco a poco, todo eso comienza a desaparecer.

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Es verdad que el formato digital ofrece ventajas que sería absurdo negar, descargar un juego en cuestión de minutos, cambiar de título sin levantarnos del sillón o tener toda la biblioteca disponible con un par de clics resulta cómodo, sin embargo, esa comodidad ha venido acompañada de una realidad que muchas veces preferimos ignorar, ya no compramos videojuegos, compramos licencias de uso, licencias sujetas a servidores, contratos, cuentas y condiciones que pueden cambiar en cualquier momento, sin que el jugador tenga realmente algo que decir.

Lo más preocupante es que el discurso siempre ha sido el mismo, nos dijeron que el futuro digital significaría mejores precios, más accesibilidad y mayores beneficios para el consumidor, pero la realidad parece ser exactamente la contraria, los videojuegos cuestan más que nunca, las suscripciones aumentan constantemente, cada vez existen más servicios de pago y, mientras tanto, nuestras opciones disminuyen.

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El formato físico siempre representó un equilibrio natural del mercado, si una tienda tenía un precio elevado bastaba con caminar unas calles para encontrar otra oferta, si terminábamos un juego podíamos venderlo, intercambiarlo o prestarlo, el mercado de segunda mano beneficiaba directamente al jugador y obligaba a las compañías a competir por nuestro dinero, cuando todo depende de una única tienda digital administrada por la propia empresa, esa competencia desaparece y, con ella, también desaparece una parte importante de nuestra libertad como consumidores.

Lo verdaderamente preocupante no es perder el disco, es acostumbrarnos a perder derechos, primero aceptamos juegos incompletos que necesitaban enormes actualizaciones desde el primer día, después llegaron las conexiones permanentes, más tarde las suscripciones para acceder a contenido que antes simplemente comprábamos una vez y ahora parece que también debemos aceptar que aquello por lo que pagamos deje de pertenecernos realmente, todo bajo la promesa de que ese es el futuro.

No se trata de rechazar el avance tecnológico, el formato digital llegó para quedarse y seguramente terminará dominando la industria, el problema comienza cuando deja de ser una alternativa para convertirse en la única opción, porque la innovación nunca debería significar menos libertad para el consumidor, sino más formas de elegir cómo disfrutar aquello por lo que paga.

Como jugadores, deberíamos dejar de celebrar cualquier decisión empresarial únicamente porque viene acompañada de la palabra “digital” o “moderno”, las compañías tienen todo el derecho de buscar mayores beneficios, al final son empresas y ese es su objetivo, lo que no deberían hacer es conseguirlos reduciendo poco a poco los derechos de quienes durante décadas compramos sus consolas, sus videojuegos y construimos la industria que hoy conocen.

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Porque el verdadero progreso nunca debería consistir en ofrecer menos opciones para ganar más dinero, debería consistir en respetar al consumidor, ampliar sus posibilidades y recordar que detrás de cada venta existe una persona que no solo compra un videojuego, compra recuerdos, experiencias y una parte de su propia historia.

Y quizá ese sea el verdadero peligro de perder el formato físico, no perder una caja o un disco, sino aceptar, casi sin darnos cuenta, que cada generación posee un poco menos que la anterior, mientras las compañías poseen cada vez más.

Te invito a ver mi análisis en el canal de Youtube:

Un comentario en «¿El principio del fin del formato físico?»

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