Lo que tienes que saber

  • Saber qué ocurrió, cómo ocurrió y qué le pasó a otra persona puede ayudarnos a comprender algo que potencialmente podría representar peligro.
  • Antes, un editor decidía qué imágenes aparecían en televisión o en un periódico y hoy basta una búsqueda, un enlace o un mensaje reenviado para encontrarnos frente a material que quizá nunca necesitábamos ver.
  • que sintamos curiosidad no significa que tengamos que satisfacerla, es decir, no es obligatorio ver todo lo que nos aparece o nos envían por internet, porque algunas imágenes pueden quedarse con nosotros y podemos revivirlas, experimentar ansiedad, alteraciones del sueño o pensamientos intrusivos, y cuanto más explícito es el contenido, más importante resulta preguntarnos si obtener esa información justifica exponernos a ella.

Por: Psic. Miguel Negrete Gil.
IG/FB: @psic.miguelnegrete

Alguien te manda un video acompañado de una advertencia: “Está horrible. No lo veas”. Hay personas razonables que efectivamente no lo ven…y luego estamos los demás.

Sabemos que puede impresionarnos, entristecernos o dejarnos pensando en ello durante horas. Incluso hacemos una pequeña pausa antes de abrirlo. Pero entonces aparece una pregunta poderosísima: “¿pues que será, tú?” Y lo vemos.

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Esa contradicción tiene nombre: curiosidad mórbida. Se refiere, en términos generales, al interés que podemos experimentar hacia información relacionada con acontecimientos negativos, peligrosos, violentos, macabros o perturbadores. Y aunque suene poco elegante reconocerlo, no es precisamente una rareza humana.

Accidentes, crímenes, documentales sobre asesinos, tragedias, historias de desapariciones o fotografías inquietantes pueden producirnos simultáneamente dos impulsos: queremos alejarnos y queremos saber, y la explicación no necesariamente es que disfrutemos del sufrimiento, sino que una amenaza también contiene información.

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Saber qué ocurrió, cómo ocurrió y qué le pasó a otra persona puede ayudarnos a comprender algo que potencialmente podría representar peligro. Desde una posición segura podemos acercarnos mentalmente a situaciones que jamás querríamos experimentar.

Un ejemplo: es algo parecido a mirar hacia abajo desde un lugar muy alto, entonces una parte de nosotros dice “aléjate” mientras otra quiere acercarse apenas un poquito más.

Fernández Villanueva, Revilla Castro y Dávila de León (2018) estudiaron precisamente cómo interpretamos el llamado “morbo” ante imágenes de violencia en televisión. Tras trabajar con 16 grupos focales, encontraron algo interesante: los propios espectadores no describían necesariamente su mirada como placer ante el sufrimiento. Aparecían también curiosidad, interés y la sensación de que observar podía proporcionar información o comprensión. Es decir, mirar algo terrible no significa necesariamente disfrutar que sea terrible.

Pero internet (para variar) añadió un ingrediente nuevo: ahora prácticamente no existe límite para aquello que podemos buscar. Antes, un editor decidía qué imágenes aparecían en televisión o en un periódico y hoy basta una búsqueda, un enlace o un mensaje reenviado para encontrarnos frente a material que quizá nunca necesitábamos ver. Y ahí conviene recordar algo: que sintamos curiosidad no significa que tengamos que satisfacerla, es decir, no es obligatorio ver todo lo que nos aparece o nos envían por internet, porque algunas imágenes pueden quedarse con nosotros y podemos revivirlas, experimentar ansiedad, alteraciones del sueño o pensamientos intrusivos, y cuanto más explícito es el contenido, más importante resulta preguntarnos si obtener esa información justifica exponernos a ella.

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Hay una diferencia enorme entre querer entender qué ocurrió y necesitar verlo todo, sin embargo, las redes (si, ya sabes, esas que tanto odio) conocen perfectamente nuestra dificultad para apartar la mirada. Un video impactante genera comentarios, reacciones y compartidos, y cada advertencia de “contenido fuerte” puede funcionar también como una pequeña invitación psicológica: “hay algo aquí que quizá no puedas soportar”.

Excelente manera de conseguir que alguien quiera comprobar si puede, ¿no? Por eso quizá la pregunta interesante no sea “¿por qué somos tan morbosos?”, sino qué estamos buscando cuando decidimos mirar, ¿información?, ¿comprender el peligro?, ¿comprobar que ocurrió realmente?, ¿sentir algo intenso?, ¿o simplemente resolver la insoportable curiosidad de no saber?

No todo lo que despierta nuestra curiosidad merece entrar en nuestra cabeza. Así que la próxima vez que alguien te diga “no lo veas, está horrible”, recuerda que probablemente tu cerebro responderá inmediatamente: “entonces necesito saber qué es”.

No necesariamente. A veces también existe una forma bastante saludable de curiosidad:
quedarte con la duda.

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