Lo que tienes que saber

  • Nunca se cansa, nunca se equivoca contigo de forma torpe, nunca te confronta de una manera que en verdad te desconcierte y claro, nunca te cobra.
  • Aquí aparece la ilusión de acompañamiento, definida por Ocaña (2026) como la sensación de entendimiento y comprensión cuando, en realidad, lo único que hay es una respuesta coherente construida a partir de patrones donde hay estructura, hay orden, hay palabras que encajan…pero no hay alguien sosteniendo la experiencia.
  • Entonces la cuestión no es si la IA ayuda, sino que en una interacción donde todo fluye, todo encaja y nada se rompe puede ser eficiente…pero también profundamente estéril.

Hace dos días, escuché que alguien le dijo a otra persona con total tranquilidad: “ya no voy a terapia, pero le cuento todo a la IA…es gratis y me ayuda bastante”. No lo dijo como curiosidad, sino como sustituto, como quien descubrió una versión más eficiente, menos incómoda (y gratuita, por supuesto) de lidiar con lo que duele. Casi como si hubiera optimizado su salud mental.

Y quizá ahí está el problema.

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Porque sí, la IA responde. Siempre. A cualquier hora, con claridad, con estructura, con ese tono perfectamente calibrado entre empatía y funcionalidad. Nunca se cansa, nunca se equivoca contigo de forma torpe, nunca te confronta de una manera que en verdad te desconcierte y claro, nunca te cobra. Es, en muchos sentidos, la versión idealizada de lo que la gente cree que debería de ser la terapia: útil, inmediata, sin fricción y, de nuevo, gratuita.

El detalle incómodo es que la psicoterapia no funciona así.

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La terapia no está diseñada para ser cómoda todo el tiempo. No está pensada para darte respuestas rápidas ni para hacerte sentir entendido en cada intervención. Está hecha, entre otras cosas, para confrontarte, para exponerte a lo que evitas, para sostener silencios que no se pueden “resolver” con un párrafo bien escrito. La IA no hace eso, y no porque no quiera, sino porque no puede. Porque lo que muchas personas están experimentando no es un acompañamiento, sino una simulación suficientemente buena de acompañamiento. Una especia de pseudo-vínculo que se siente real precisamente porque nunca falla. Y eso, lejos de ser una ventaja, es clínicamente sospechoso.

Aquí aparece la ilusión de acompañamiento, definida por Ocaña (2026) como la sensación de entendimiento y comprensión cuando, en realidad, lo único que hay es una respuesta coherente construida a partir de patrones donde hay estructura, hay orden, hay palabras que encajan…pero no hay alguien sosteniendo la experiencia. Y sin ese sostén, simplemente no hay proceso terapéutico, por más reconfortante que parezca en el momento.

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Un terapeuta se equivoca. Malinterpreta, incomoda, llega tarde a la consulta…y todo eso forma parte del proceso, porque ocurre una relación real. La IA no se equivoca contigo de esa manera…pero tampoco puede encontrarte ahí. Entonces la cuestión no es si la IA ayuda, sino que en una interacción donde todo fluye, todo encaja y nada se rompe puede ser eficiente…pero también profundamente estéril. No hay fricción, y sin fricción, no hay transformación. Solo hay la sensación de que algo se está haciendo, cuando en realidad todo sigue exactamente en su lugar.

Y esto, además de hablar de tecnología, también habla de nosotros.

Usar IA no es el problema. Convertirla en sustituto de un vínculo humano sí lo es. Porque en ese intercambio limpio, ordenado y siempre disponible, no solo estamos evitando al otro, también nos estamos evitando a nosotros.

Y quizá lo verdaderamente inquietante no es que una máquina pueda parecer empática, sino que estemos empezando a conformarnos con eso.

IG/FB: @psic.miguelnegrete

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